Concilios ecuménicos

El primer concilio ecuménico fue el Concilio de Nicea en el año 325. En el se fijó el primer credo litúrgico, el Símbolo Niceno. Este símbolo intentaba presentar la doctrina de la Iglesia en lo referente a la figura de Jesucristo frente al arrianismo. Por ello, se incluyeron frases como «engendrado, no creado» y «consubstancial al Padre». No hacía más que una simple mención del Espíritu Santo, sin referencia a su origen, con las palabras «y en el Espíritu Santo».
El segundo, fue el Concilio de Constantinopla en 381, concebido inicialmente como sínodo local, Fue convocado por Teodosio I, entonces emperador solo del Imperio romano de Oriente, Participaron 150 obispos únicamente de su dominio. No se convocó a los obispos occidentales, entre ellos al de Roma, que hasta el siglo VI no reconoció este concilio como ecuménico. Este concilio amplió la cita al Espíritu Santo con «procede del Padre» (en griego: ἐκ τοῦ Πατρὸς ἐκπορευόμενον). Esta ampliación se basa en la cita de Jn 15, 26 (en griego: ὃ παρὰ τοῦ πατρὸς ἐκπορεύεται). Se incluyó la variación ἐκ en lugar de παρά del evangelio.
A pesar de la prohibición del Concilio de Éfeso, fue el credo del segundo concilio el que se adoptó litúrgicamente en oriente y, más tarde, con una variación latina, en occidente. La variación occidental contenía dos adiciones: «Dios de Dios» (en latín: Deum de Deo) y «y del Hijo» (en latín: Filioque).
A pesar de la prohibición del Concilio de Éfeso, fue el credo del segundo concilio el que se adoptó litúrgicamente en oriente y, más tarde, con una variación latina, en occidente. La variación occidental contenía dos adiciones: «Dios de Dios» (en latín: Deum de Deo) y «y del Hijo» (en latín: Filioque).