Nuevo testamento

En el Diccionario Oxford de la Iglesia cristiana a partir de Jn 16,13-15, en el que Jesús dice que el Espíritu Santo «(...) recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará» se interpreta que en las relaciones entre las Personas de la Trinidad, uno de ellos no podría «tomar» o «recibir» (en griego: λήψεται) ninguno de los otros, sino que «proceden» uno de los otros. Versículos como Jn 20,22: «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo"», fueron vistos por los Padres de la Iglesia, especialmente Atanasio de Alejandría, Cirilo de Alejandría y Epifanio de Salamina, como base para decir que el Espíritu Santo «procede sustancialmente de ambos», del Padre y del Hijo. Otros pasajes que se han utilizado en el debate incluyen Rm 8,9, Gá 4,6 y Flp 1,19, en los que el Espíritu Santo se identifica como «Espíritu de Cristo», «Espíritu de su Hijo» y «Espíritu de Jesucristo». Del mismo modo, el Diccionario Oxford de la Iglesia cristiana describe versículos del Evangelio de Juan (Jn 14,16, Jn 15,26 y Jn 16,7) en los que Jesús envía el Espíritu Santo. Además, en Ap 22,1, el río del agua de la Vida (identificando el Agua de la Vida como el Espíritu Santo de Jn 7,39) brota del trono de Dios y del Cordero (siendo Cristo el Cordero en Jn 1,29), lo que se puede interpretar como el Espíritu Santo que procede tanto del Padre como del Hijo.
Desde el siglo III, antes de que se celebrara el Concilio de Constantinopla y de que el Símbolo Niceno-Constantinopolitano se conociera en Occidente, teólogos cristianos de Occidente hablaban explícitamente del Espíritu Santo como «del Padre y del Hijo» o «del Padre a través del Hijo». Todo ello, mientras los Padres de la Iglesia griegos debatían por encontrar un lenguaje capaz de expresar la naturaleza misteriosa de la relación del Hijo con el Espíritu. Incluso durante la vida de Cirilo de Alejandría, los teólogos latinos afirmaban que el Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo (ex Patre et Filio procedentem) Esta diferencia entre la Iglesia latina y la griega permanece aún en debate.
A principios del siglo III en la provincia romana de África, Tertuliano enfatizaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten una misma substancia divina, un mismo grado y una misma potestad. Él concibe como que fluye del Padre y se transmite por el Hijo a el Espíritu. Usando las metáforas de la raíz, el brote y el fruto; la primavera, el río y la corriente; y el sol, el rayo y el punto de luz; para la unidad con distinción en la Trinidad. Así, «el Espíritu, entonces, es tercero de Dios y del Hijo...».
A principio del siglo IV, Mario Victorino conectó fuertemente al Hijo y al Espíritu en sus argumentos contra el arrianismo. A mediados de siglo, Hilario de Poitiers escribió que el Espíritu «proviene del Padre» y es «enviado por el Hijo», es enviado «del Padre a través del Hijo» y «tiene al Padre y al Hijo como fuente». Por otro lado, cuestiona si «recibir del Hijo es lo mismo que proceder del Padre», en referencia a Jn 16, 15 A finales de siglo, Ambrosio de Milán afirmó que el Espíritu «procede del (procedit a) Padre y del Hijo», sin separarse jamás de ninguno de los dos. Escribe, «Dios Todopoderoso, tu Hijo es la fuente de la vida, es decir, la fuente del Espíritu Santo. Porque el Espíritu es vida...». Estos autores no reflexionan sobre el origen del Espíritu, sino que enfatizan la igualdad de las personas de la Trinidad como Dios, reconociendo al Padre como fuente de Dios eterno.